Alberto G. Bellluci

Director del Museo Nacional de Bellas Artes

Buenos Aires, Julio 2005


En una época como la nuestra, que suele privilegiar el cambio y originalidad a ultranza, conceptos como continuidad, oficio y coherencia no parecen ser demasiado cautivantes para promover la trayectoria de un artista. Tal error de apreiación nos priva, muchas veces, de valorar la excelencia de lo que permanece fiel a sí mismo y se afirma paso a paso sobre la base de un oficio depurado y una convicción profunda, capaz de integrar ideología, imagen, técnica y expresión en un continuum consistente y reconocible.


Alberto Delmonte (nacido en Buenos Aires, en 1933) es un caso típico de esa coherencia total entre idea y forma. No sólo porque su obra es claramente identificable en cualquiera de sus etapas, sino porque esa identificación proviene de una permanente fidelidad a una doble pertenencia; po un lado a la raza de los artistas -en el sentido de aceptar trabajar siempre con el 'meollo' del arte, esto es, plano, linea y color, ajeno a toda figuración extrartistica- y por otro a la raíz cultural precolombina o -como dice el mismo Delmonte- a los "mandatos secretos de la tierra".


El imaginario de Delmonte se inauguró con sus tempranos dibujos infantiles y se enriqueció con la contemplación de las ilustraciones heredadas de su bisuabuelo Berardo Troncoso, dibujante y pintor sevillano que aquí integró el grupo "La Colmena". Más adelante, al ecarecer su formación artística, ese imaginario se consolidó bajo la guñia de Marcos Tiglio, Carlos de la Cárcova y Héctor Cartier, se nutrió con estudios de filosofía y de culturas aborígenes y precolombinas, y culminó con el conocimiento de las obras constructivas de Torres García. Por el camino fueron quedando las jugosas figuraciones pintadas entre los años cincuenta y setenta, donde la geometrización y los colores saturados iban corriendo parejos en pos de la victoria incierta de alguno de ellos. Son las décadas donde se advierten los afectos, nunca escondidos, por Cézanne y Rouault, dos maestros a los que nuestro artista siempre se ha sentido ética y estéticamente cercano.


Este rico proceso de asimilaciones y experimentación personal condujo a Delmonte a los terrenos de la abstracción, a los que adhiere definitivamente desde principios de la década del ochenta. Es entonces cuando esa abstraccción figurativa se carga de signos -cruces, cifras, flechas-, luces ambiguas y planos densos de títulos que sugieren una intención de penetrar en orígenes universales y arcanos englobantes. Pero a partir de allí, con la irrupción de obras como "Chamán" y "Condorhuasi" (1986/7) el maestro instaló definitivamente en su quehacer plástico el imperio del trazo y la trama, los fondos grises o terrosos, las franjas de colores saturados y -en especial- la caligrafía ondulante o quebrada del signo que canta y recuerda al mismo tiempo. Como escribió Rosa Faccaro, "el juego de tensiones en el campo visual, los desplazamientos entre línea, signo y materia, van delineando una escritura cuya identificación con el horizonte cultural americano se evidencia en la aparición de figuraciones geomtrizantes... connotando una especie de silbario cuyo código posee contrantes simbólicas".


Ese es el tramo más consistente y extenso de su parábola creativa, donde proliferan los 'orantes', los 'horizontes', las estructuras lineales sobre blanco, las tramas que reptan sobre fondos tierra. Si alguna vez el mismo Delmonte definió las construcciones de Torres García como 'tonales' y las pinturas de Diomede como 'melódicas', cabría comparar las suyas con 'acordes' o 'clusters' sonoros, a veces cercanos a la polifonía jugetona de Klee, pero más frecuentemente a alguna invocación ancestral andina o al quejido vertical de un yaraví. Las veo como partituras que ascienden y se cruzan sobre pentagramas y cordajes disociados, incapaces de detener el desvío, el ascenso y la huida más allá del límite de la tela, para buscar respuestas en el infinito.



Aunque en lo escencial al conjunto permanezca 'en orden', como si se tratar de un fragmento equilibrado del gran tapiz cósmico que lo excede, pero del cual forma parte excluyente e indisoluble. Se percibe el ojo clásico de quien saber componer, junto con la maestría de quien es capaz de descomponer para asegurar el interés del diálogo entre los elementos plásticos y la consiguiente aparición de las sugestiones y el conflicto.


La presente exposición de Alberto Delmonte en el MNBA se dedica casi exclusivamente a esa etapa central de su expresión artistica, expresion que durante los últimos veinte años se ha mantenido obstiadamente igual a sí misma. Es cierto que han reaparecido recientemente algunos resabios de volumetría e intensidad matérica propios de épocas anteriores -como si la estructura lineal de los pentagramas intentara revestirse con la solidez de los muros de Sacsahuamán- pero el sentido y la comunicación no han variado en lo esencial y la urdimbre del tejido protagónico siguen jugando impertérritos sus alianzas y sus ruputuras. Como dijimos antes, no le interesa a nuestro artista ser novedoso, sino -en todo caso- permanecer original (o sea, fiel a los orígenes). Tal como lo manifestó en una entrevista Rafael Robles: "¿Porqué estaríamos obligados a generar una constante innovación? Quizás terminemos por darnos cuenta de que no fueron tan valiosos ni tan importantes lo aportes plásictos de los últimos cuarenta o cincuenta años pese a los esfuerzos denodados de algunos por valorizar cuanta novedad aparece... Si tomamos el dibujo de la figura humana y la perspectiva de Uccello y las comparamos con las de Ticiano y o con las de Tintoretto, advertimos que en el medio hubo toda una modificación, sucesivos giros hacia un grado de perfeccionamiento cada vez mayor pero el código siguió siendo el mismo, aunque mejorado y refinado". Firme línea de pensamiento que lo acompaña desde siempre, o por lo menos de los dieciséis años, cuando al ojear su primer libro sobre Raoul Dufy se ecnontró con una imprevista confesión del francés: "La nuveauté est une monstruosité".


Delmonte, artista de gran nivel, es un creador recoleto, concentrado en su tarea, que escapa a premios y concursos, así como rehuye la seducción de la novedad inconsistente. No es una personalidad mediática ni malabarista. Como señala acertadamente Taverna Irigoyen "todo su universalismo de significantes es una trama que Delmonte entreje con despojamiento de sí, con alegría, devolviéndonosla sabiamente para que la recreemos". Quizás esta actitud de introversión, si bien alegre y esperanzada, no hay contribuido al grado de valoración pública que la calidad de su obra realmente merece. Por eso espero que esta exposición de más de cuarenta obras del período 1985-2005 en el MNBA contribuya a fortalecer y extender la apreciación de la jerarquía que corresponde a esa magnífica continuidad de oficio y de ideas que ya ha cumplido más de cincuenta años de dedicación al arte y de obstinado rigor.