Por Prof. Guillermo Whitelow

De la Asociación Argentina e internacional de Críticos de Arte. Octubre 1994.

En los días que corren, Delmonte puede echar una mirada sobre su trayectoria sin sobresaltos, salvo los que padece cualquier creador frente al magnético vacío que se abre a su imaginación, contrapartida silenciosa de un lleno interior que pugna por surgir. Sin duda, su andar mesurado, reflexivo, dio por fruto a través de los años una obra que se destaca por su coherencia, tanto la del primer período formativo como la que siguió, al compenetrarse con lo autóctono americano, de donde extrae la savia necesaria para expresar un mundo que ya le es propio.

Sus primeros pasos no hollaron el ámbito de las escuelas de arte; se encaminaron en cambio en busca de maestros admirados, por los cuales sentía afinidad. Uno de ellos Marcos Tiglio, con quien aprendió el sostén técnico que le permitiría fijar sus balbuceos plásticos. Luego hacia 1956, Carlos de la Cárcova, en cuyo taller pudo desarrollarse libremente, atento a los consejos del refinado escultor. Sus inquietudes lo llevarían también al campo teoría, ávido de las enseñanzas de Héctor Cartier, al de la Historia del Arte con Julio Payró y a la filosofía y las culturas precolombinas.

Ese cúmulo de experiencias tanto plásticas como intelectuales, fueron peldaños que ascendería curioso, inteligente, inquisitivo, rumbo a un encuentro fundamental para su evolución futura. Un viaje a Montevideo en 1961, en principio por razones familiares, lo pone en contacto con os discípulos de Torres García y, a partir de entonces, cada vez más se adentra en las ideas de ese gran pintor, que tanto influido con su teoría del “constructivismo” en una pléyade de artistas que veneran su nombre.

Poseedor ya de un metier seguro, Delmonte sólo deseaba profundizar sus vivencias, intentando responder, casi visceralmente al llamado de la tierra americana, es decir, al de su gente, sus luchas, su relación con el más allá, sus mitos y en fin, al de la rica expresión plástica que ello conlleva. Fruto de este interés fue la creación del grupo “El Ojo del Río”, en 1989, junto con los artistas Julián Agosta, Adrián Dorado y Adolfo Nigro. Una publicación – hojas de arte – que lleva el mismo nombre del grupo, atestiguaba enfoques americanistas, reuniendo trabajos de prestigiosos críticos de arte y pensadores, con el afán de recuperar en las artes y en las letras lo que entendían como originalidad autóctona, desfigurada o anulada por los vaivenes de la gesta colonizadora. La invocación de una visión del mundo y, en consecuencia, de una cultura de rasgos definidos, constituye el centro de sus preocupaciones.

Vale la pena citar algunas frases de Delmonte al respecto, tal como figuran en el segundo número de dicha publicación. En el apartado “Ser original, volver al origen”, aclara que no es la intención del grupo remediar las imágenes del repertorio indígena ya que seto se limitaría a un mero formalismo, “contrariamente”, dice, “se trata de un intento de volver al origen, persiguiendo las claves de un pensamiento sudamericano, su relación con la naturaleza, con los demás, con el otro y el Universo”. También señala que lo arcaico no debe entenderse como algo lejano, sin que hay que remontarse a la etimología (arkhé) y considerarlo como principio”. “Es el lugar de los arquetipos, equivale a decir, el nivel dónde puede iniciarse todo nuevo acontecimiento o proceso cultural”.

Si nos extendemos con estas citas es porque importan para la comprensión de su pintura. Por ejemplo, veamos lo que nos dice con respecto al símbolo. Lo ve como “una posibilidad de sacralizad, de trascendencia, de allí su viejo significado de encuentro, puente que relaciona al sujeto con lo absoluto”.esto es verdad en gran medida solo que conviene, al adoptar una simbología, calibrar su alcance para no caer en la arbitrariedad. Se puede recurrir a un repertorio dado, por ejemplo, al inventario que realizó Rudolf Koch. En su obra “El Libro de los Símbolos” reúne los más corrientes, pero al parecer llegan a 493, usados desde la antigüedad más remota. Justamente, Delmonte rehuye esta posibilidad, elaborando su propio lenguaje signico (aunque ciertos grafismos sean paradigmáticos) tarea que concreta hacia 1981. Más aún, tiene siempre presente la trama que lo sostiene, partiendo de las sugerencias de Torres García: “Los pilares sobre los cuales se apoya (una obra plástica) en el tono, la línea y la estructura”.

La reunión de estos tres elementos armonizados constituye la urdimbre, completándose. El tono va más allá que el mero color en cuanto posee una carga espiritual; la líneas, en cuanto que no es solo representativa sino que fortalece ritmos y tensiones; la estructura, finalmente, como organización de la forma, reflejo de la unidad que vincula al hombre con el cosmos, por medio de sus creaciones.

Al encontrar Delmonte su camino, a la luz de tales enseñanzas, fue visualizando dos experiencias posibles. En una primea etapa, dio prioridad a la forma totémica, organizando la composición a la manera de una estela. En ese momento, le interesaba la densidad de la textura junto a signos reminiscentes de las culturas americanas primitivas. Poco después, lo lineal llega a convertirse en el vector básico de la tela, proponiendo una lectura directa, despojada. Ambos polos textura y línea, se unen posteriormente en una conjunción más profunda.

Tal solución, que no anula ninguno de los dos componentes sino que los fija en una estructura equilibrada, tiene su origen en pequeños bocetos que el artista continuamente elabora, como si se tratara de un planteo mínimo que luego desarrolla. Busca la sencillez, declarándose “anti-barroco”, de modo que en esas superficies que mancha con soltura, que cubre y recubre, dejando asomar las capas a modo de citas arqueológicas, renace cierto clacisismo. Un clacisismo que no esta lejos del rigor de la alfarería y los tejidos del pasado…Delmonte no se complace simplemente en la delicada factura de la materia, en una mera actitud estetizante…su enfoque trata de rescatar misteriosas pictografías, en especial del hemisferio sur. “Me siento sudamericano y rioplatense”, confiesa “y solo procuro dar con esa realidad esencial”. O sea que todos sus esfuerzos se dirigen a ofrecernos, sin dejar de recurrir a la libertad del arte abstracto en cuanto a la fluidez de sus óleos, una visión decantada, entrañable y sincera de esa herencia precolombina, fragmentada en los repliegues sinuosos de la historia.