Por J. M. Irigoyen

Académico de Número de la Academia Nacional de Bellas Artes.

Cuando alguna vez se investigue debidamente la influencia que le correspondió al Universalismo Constructivo de Torres García en la maduración del arte rioplatense, emergerán coordnadas de asociaciones y correspondencias que sorprenderán a más de un estudioso. Porque es indudable que esta cautelosa corriente que impregna a lo largo de décadas a numerosos artistas de opuestas generaciones, es, humanísticamente hablando, una de las más poderosas razones estético-vivenciales que se han producido desde los albores del siglo.

Alberto Delmonte emerge de ese baño, de esas aguas de contemporaneidad latinoamericana, en que el signo del hombre late, más allá de su intrínseca potencialidad como enigma. Maestro de un espacio ritmado por las líneas y los vuelos formales, por los colores sensorialmente alertas y los planos envolventes. Delmonte es un testigo que da testimonio. Testigo de una América polifónica y mineral, urgida por símbolos inabarcables, por genealogías y civilizaciones que la multiplican y proyectan al infinito. Testimonio de esa propia vitalidad fantástica, de esa genuina naturaleza de lo implacable, de ese himno plural que, desde el inicio de los tiempos, da sentido a la vida y convoca a las fuerzas del origen.

Imaginero de gesto libre y vivísimo, Delmonte transcribe sus propios descubrimientos y asociaciones de ese Universo tan familiar y a la vez tan misterioso. Ese universo cifrado de fuerzas y mínimos aconteceres de materia, de ritmos lineales y de apropiaciones pigmentarias, de tensiones sutiles y de ensambles prodigiosos, en cuyo trasfondo -más allá de lo alegórico puro- está la Razón como sustento mayúsculo de todo lo que conmueve, de todo lo que significa.

Delmonte está subido a ese río de innumerables; es protagonista de ese canto que no reconoce principios; es latido y músculo de ese cúmulo de mensajes apenas burilados sobre el plano, pero que sin embargo calan hondo, profundamente, en la sensitividad del receptor. Su obra -una pintura conceptualizada en lo sensorial de los elementos, en la severa organización del plano- se inserta en el panorama del arte argentino con un acorde de dignidad y jerarquía indiscutible.

Ello, precisamente, es lo que hace depositar en su trabajo un sentido de aceptación gozosa. No hay en él ni ludismo gratuito ni saltos al vacío. Todo está contendido en el orden, en la elocuencia formal, , en la capacidad de síntesis, en la floración más ajustada de los símbolos. Todo su universalismo de significantes, es una trama que Delmonte entreteje con despojamiento de sí, con alegría, devolviéndonosla, sabiamente, para que la recreemos. Como pequeño demiurgo que es. Como gran artista que reconocemos en su altura y dimensión.