Por Fermín Fevre

Escritor y crítico de arte. Junio 1994

La pintura de Alberto Delmonte está cargada de significaciones a pesar de su despojamiento o, precisamente, gracias a ello. Si raíz americanista, que le viene de la Escuela del Sur de Torres García, tiene una fuerte impronta. No por ello deja de afirmar un sello muy personal.

Los signos y los símbolos que pueblan estas pinturas, más allá de su densidad, son formalmente simples. Corresponden a una síntesis estructural propia del arte moderno. Su despojamiento es también, de alguna manera, como una resultante conceptual.

De tal modo, el mundo arcaico americano, con sus esencias formales y espirituales y el modelo estético de la modernidad se encuentran. Una vez más se ponen de relieve sus vínculos y afinidades, a través de la matriz original de este artista -en plenitud de su trayectoria- ha logrado darle.

Esa herencia renovada del universalismo constructivo llena de espiritualidad, con plena vigencia actual y un sello personal no menos fuerte, que se muestra viva y dinámica en sus mutaciones, está presente en las realizaciones de este artista.