Por Rosa Faccaro

Crítica de Arte. Secretaria de la Asociación Argentina y miembro de la Asociación Internacional de Críticos de Arte. Noviembre 1991.

El camino que conduce a ser aquello que nos configura y otorga la esencialidad de nuestra identidad, no es más que un derrotero que nos incita a ver en las contingencias un signo más que alimenta la escritura que nos relata.

La historia plástica de Alberto Delmonte se remonta a su bisabuelo Bernardo Troncoso, dibujante y pintor del siglo XIX, copartícipe del grupo “La Colmena”, que citara el escritor y humorista Ramón Columba en “El Congreso que yo he visto”. Rodeado de fotografías y dibujos del bisabuelo en la niñez, pudo descifrar el sentimiento que poseían las imágenes, señalando así su itinerario posterior en la búsqueda del secreto constructivo del artista pintor:

Delmonte halló en esa travesía a los seres que van a enriquecer y clarificar su ideario estético. La tarea fue lenta, como la realización de un bosquejo y proyecto de un edificio que no sólo responde a su belleza y función, sino a la estructura que le otorgará el cuerpo, y a los cimientos que lo mantendrán seguro de su verticalidad.

En Montevideo, Uruguay, en un viaje junto a Alfredo Palacios, se pone en contacto con las obras del artista Joaquín Torres García y con sus manifestaciones. Más tarde, el texto “El Constructivismo”, complementará en su lectura, las propuestas fundamentales del maestro.

Sus discípulos, entre ellos Edgardo Riveiro, Carlos Llanos y Guillermo Fernández, lo acercarán a la metodología pedagógica, a la cual se abocará en el taller que abrirá en Buenos Aires en 1971, donde concurrirán algunos alumnos de los discípulos de Torres.

No debemos olvidar que Marcos Tiglio, Carlos de la Cárcova, Héctor Cartier, Julio Payró y Guillermo Magrassi, fueron los que junto a los viajes y lecturas, cerrarán el círculo y la concepción de su campo expresivo.

Una especial consideración de las culturas de América, y la tradición de las escuelas pictóricas del Río de la Plata, se planteaba en la indagación de su lenguaje pictórico. Va a elegir y orientar su discurso plástico y por oposición y descarte, para abandonar aquellos que no registrará total consonancia con su sentir.

El camino fue construido despaciosamente, con persistentes empeños de extraer una verdad interna y contextual, que fuese la verificación de un pensamiento profundo, y la concepción global de una escritura que aluda a esa idea de totalidad.

El viaje que realiza a Europa en 1975, afirmará su interés por las culturas precolombinas corroborando la pertenencia y la raigambre al horizonte cultural americano.

Espero 18 años para exhibir sus pinturas y, a partir de 1967, realiza 35 muestras individuales.

Ser conciente del proceso lingüístico, e investigar las constantes aperturas en torno de un itinerario plástico -que desarrolla de la figuración a la abstracción- ha sido una conquista de su propio dominio. Crear un sistema constructivo que aluda a una “realidad americana”, ha sido uno de los objetivos alcanzados por Alberto Delmonte.

En las obras del primer período se visualiza el acercamiento a su maestro Marcos Tiglio, por la noción del empaste, y el objeto transfigurado en el cromatismo encendido por la luz. Pero la característica peculiar de ese período es la síntesis constructiva, el análisis formal y la desconstrucción que destaca el plano y la línea, como elementos plásticos significantes.

Los estudios de modelo aparece, más que la representación, la alusión al objeto a través de planos y grafías que irá decantando hacia una construcción menos sujeta al objeto.

La esencialidad de este lenguaje se condensa a través de la elección de los elementos compositivos. El plano se vigoriza, se transforma en virtualidad; el color es limitado; la luz ordena los valores cromáticos; la línea define y construye. Aparece ligado a su obra un neocubismo con acentos personales, donde el color es quebrado. El blanco, el azul cobalto, los violáceos y los sienas, conforman una paleta restringida y particular, adecuada a este proceso de análisis formal. Naturalezas y paisajes, más algunos retratos, componen esta transcripción de lo real.

El recorrido realizado en pos del lenguaje que definirá al artista, será un seguro y lento derrotero, hacia un territorio visual cuya clave se revelará a través de las signaturas que se instalan en un campo pleno de materia, lograda por sutiles transparencias, toques vibrados de color, superposiciones creadas en la proyección emotiva. No está ausente el sentimiento que se manifiesta en la manera de tratar la superficie pictórica y en el vocabulario que refleja una concepción estética.

El juegooo de las tensiones en el campo visual, los desplazamientos entre la línea, el signo y la materia, van delineando una escritura cuya identificación con el horizonte cultural americano se evidencia en la aparición de figuraciones geometrizantes, con un indice de abstracción de lectura pregnanteconnotandodo una especie de silabario cuyo código posee sus constantes simbólicas.

El artista se ha abocado a investigar nuestras culturas, las fuentes arqueológicas serán los referentes próximos. Cerro Colorado y las teorías en torno de esta cultura, en los estudios y relevamientos de Alberto Rex González, aportará a su obra nuevos aspectos de la realidad sudamericana; la carbonilla y el óleo marcarán el recorrido de una apropiación en el sentido de ver en este contexto cultural una relación con las corrientes pictóricas donde la construcción significa y alude a una cosmovisión.

Esta especie de lenguaje considera los elementosss puntiformes, el zig-zag, las secuencias de líneas segmentadas en grupos sintagmáticos que se inscriben en el plano visual sobre un plano contenedor, como un río móvil y fluctuante. La fuerza de la materia actúa como una roca o piedra<, los cortes incisivos del signo producen una huella que horada la materia y permanece depositada en su seno.

El deseo se impone al pincel, que busca en la tierra cromatizada un espacio para esparcir y configurar un estadio escritural, ya elaborado dentro de las relaciones geométricas impuestas en cada estructura compositiva.

El origen muralista, el retorno al sillar, al paramento, se ve en la textura de la tabla donde el plano se resitúa como poseedor de una arquitectura móvil. La luz opera alumbrando el itinerario de la escritura.

Las transparencias, ell ascetismo, el despojo paulatino de la acumulación matérica y figural culmina en una síntesis para declarar esenciales las relaciones establecidas en el campo visual hasta llegar a una escritura de esencias.

El transcurso pictórico se dinamiza de los bordes al centro, en secuencias horizontales y verticales. La ortogonalidad esta siempre presente en la composición y en la temporalidad del espacio. Aquí vemos los enunciados de Torres García, una de las vertientes que, como afluente caudaloso, se inserta en el desarrollo del lenguaje plástico de Delmonte. Este orden y ritmo provenientes del neo-plasticismo, ha permitido ser una especie de grilla o trama invisible en algunos artistas de esta escuela; y en otros, una explícita forma de encarar un vocabulario visual con una secuencia de alteraciones y ordenaciones de algunos signos plásticos.

Las presentaciones zoomorfas aparecen derivadas de un grado de abstracción, como los signos draconiforme y pisciforme, junto a la figura del cóndor. La antropoformía se desarrolla a partir de signos compuestoss por trazos lineales que estructuran chamanes y cazadores; en ellos se evidenciala naturalezaa del mito.

El hieratismo del ritmo y la ley de frontalidad -dentro del orden arriba-abajo y el cruce perpendicular- propende a una idea absoluta en el sentido clásico.

La configuración, en el plano de la arquitectura y la pintura mural, señala la medida armónica numeral y geométrica que buscó insistentemente la escuela de Torres, en el plano de la vida cotidiana y en el campo creativo.

Observando el mapa de América y el sentido que tuvieron las migraciones e inmigraciones en nuestra cultura, y ese otro mapa de América del Sur, cabeza abajo, como lo colocó el maestro uruguayo -coronando la cúspide- vemos de nuevo la consideración del arte como un pensamiento cultural, y un llamado de atención al significado de esa orientación.

Alberto Delmonte y los artistas que han contribuido a crear un circuito de aproximación a esos postulados -entre ellos los que conforman, junto a Delmonte, el grupo “Ojo del Río”- construyeron también esta visión, sumando con su aporte el legado de los hombres que crearon esta realidad americana.