Alberto Delmonte, 20 años de pictografias y de fervor constructivista.

Por J.M. Taverna Irigoyen

 

El universalismo Constructivo torresgarciano impregna alguna de las obras más interesantes que conforman el concepto de escuela rioplatense. No las prohija ni las influencia, como lenguaje, sino fundamentalmente las consolida en lo teórico-conceptual como una suerte de energía, que a su vez transfiere otros vitalismos internos de la forma-signo en el espacio. Es el orden, la construcción, y el rediseño del plano que sostiene; pero a la vez, es el acuerdo, la poética y el transcendentalismo de dinámicas que asocian y pulsionan una materia, colores, líneas y puntos, tensiones del espacio mismo.
Alberto Delmonte es uno de los maestros que, desde la Argentina, ha proyectado esa idea plástica de un americanismo regido por la síntesis, por lo místico-religioso, por una paleta mineral que fluya más allá de los efectos. Su pintura, de un rigor sostenido, sin politeísmos, posee y ofrece sin embargo propias fonéticas cosmogónicas. Porque la suya, es pintura de inflexiones internas, de una cuidada articulación de los valores. No se intuyen fórmulas ni amaneramientos fácticos en sus planos de grave entonación. Y sin embargo, una obra de Delmonte es incontrovertible y definidamente propia.
Algo de esto se advierte, en la coralidad del importante conjunto que se exhibe en salas del Museo Nacional de Bellas Artes, en una primera visión abarcativa. Los veinte años de labor seleccionados (1985-2005) lo muestran dentro de esa cuasi liturgia de religar, entre los opuestos cielo-tierra, hombre-mujer, lo espiritual y lo material, lo sagrado y lo profano. No obstante, en la circularidad de su abstracción emergen las improntas de tiempo e infinito, las de realismo e invención, las de ritual y celebración. Todo en un sincretismo extraño y fluyente. Portentosamente testimonial. Secreto y enorme. Poco menos de medio centenar de obras certifican la madurez de su huella.

Escritura de líneas y planos contrapuestos, de signos cabalísticos que trasponen una interpretación sumaria, de campos cromáticos que ensamblan y articulan ortogonalmente un antes y un después de la mirada.
El espacio sugerido despliega sus tensiones, sin ceder ante el límite. La materia, esa sensorialidad transmitida pigmentariamente, distribuye la sensitividad de ocres y de tierras, de azules profundos, de blancos penetrantes, y negros penetrados. La memoria está inscripta en esas historias minúsculas, y por sobre la continuidad de los signos que la nutren, el angst heiddeggeriano cifrando otros diálogos de vida-muerte, de soledad y abismo. Elevación (1998) es un ejemplo de esa dramática del plano, que establece vínculos por sobre la inasibilidad del vacío sugerido. El poder de la luz (2000) entre la convencionalidad de formas piramidales y tránsitos lineales, levanta puentes para que el ojo los atraviese y redimensiones. O ese Altiplánico (2002) de efectos difumados, de ritmos que -por sobre tramas y leves texturas- descubre los oros de una civilización presentida, subterránea, conformada de mitologías populares que se regeneran una y otra vez sobre nuevas pieles.
Delmonte no descifra sino interpreta, con valores plasticistas puros, ese segmento que queda entre lo real y lo imaginado. Territorio de la memoria que, en su caso, es una verdadera imposición cultural del ser americano. Que resignifica una y otra vez en sus planos, tanto como en esos volúmenes arcaizantes, primitivos y desnudos, en los que hierro y madera, piedra y alambre, pueden entrar en el espacio para alcanzar, por sobre lo totémico, la virtualidad de un auténtico exordio de promesante.