ser de este tiempo

Ser de este tiempo significa aceptar el lenguaje plástico de nuestro siglo. Pero esto no significa adoptar puntual y prolijamente los diferentes ismos que presenta cotidianamente la plástica internacional. En la Argentina de los últimos años, al lado del debate que trajo consigo la proliferación de escuelas y tendencias en las artes visuales, esta creciendo otro más concreto que tiene como centro nuestro proceso de identificación cultural.

Lentamente vamos saliendo de la mitológica creencia universalista para comprender que la cultura es un producto histórico y social, de modo que todo grupo humano desarrolla una cultura, que de hecho es única y diferenciada.

La cultura occidental en su tradicional visión eurocéntrica y el mundo desarrollado con la exportación de capitales y bienes culturales, han contribuido intencionalmente a planetarizar conceptos y necesidades. Esto hace que su problemática y su cultura pase a configurar aquello que en términos generales definimos como “cultura universal”.

Por esta ecuación los países periféricos poco desarrollados reciben modos y modas que lentamente van ingresando dentro de sus límites hasta que son aceptados y usados como algo propio.

Esta operación se realiza a través del monopolio ejercido desde la producción y difusión de los productos culturales, generando desde allí un sistema de manipulación de necesidades.

Acaso ésta es una de las causales por las que la cultura está dejando de ser un producto de la interacción directa de los grupos humanos, para transformarse en un producto elaborado por profesionales.

La Argentina no puede escapar al fenómeno provocado desde los grandes centros que necesitan del desarrollo universal de los hábitos de consumo y de las necesidades y valores que acompañan a éste.

Una última manifestación de este hecho entre nosotros es el postmodernismo como movimiento cuestionador de la modernidad, de sus crisis, de sus autoritarismos y de sus miserias.

Pero en última instancia es la posición crítica de los aciertos y desaciertos del hombre europeo moderno que sin alcanzar a ser una nueva propuesta, actúa como una suerte de paréntesis complejo.

Pero más allá de profundizar un juicio de valor acerca del postmodernismo, lo que debemos preguntarnos es si esta problemática puede ser y es común a todo el planeta.

Porque, habida cuenta de los hechos, de nuestras realidades, el Norte no es igual al Sur. No son iguales las circunstancias y posibilidades que rodean a un estudiante adolescente, a un trabajador o a un artista en Boston o París que en Tucumán o La Paz. Es una ironía que analicemos y produzcamos pensamientos u objetos culturales a partir de experiencias que nacen de otras realidades. Es como negar que la cultura es el resultado del proceso acumulativo y selectivo de una sociedad, por lo que ésta deberá ser su respuesta dentro de una situación económica y social referida a un tiempo y a un espacio determinado.

Los hombres se agrupan y luego se distinguen entre sí por sus costumbres e idiomas. Cada pueblo, por ésta razón, posee una cultura que le es propia y particular. Y en la medida en que crece y se desarrolla seminalmente, logra que su particularidad ingrese al patrimonio universal del hombre. No es lógico el recorrido inverso: desde lo universal dar con lo particular. Y sin embargo esta operación se ha venido repitiendo entre nosotros.

De algún modo desde aquí, un grupo de artistas, reflexionando en estas cosas y partiendo de las experiencias plásticas de este siglo (en tanto somos de nuestro tiempo) incorporamos nuestro espacio, el lugar que vivimos, el grupo humano que nos rodea. Desde esa, “nuestra realidad”, tal vez demos con lo universal.