PrÓlogo

El arte auténtico ha tendido siempre al conocimiento y desarrollo espiritual del hombre. De modo tal que, para poder producir ésto, la obra de arte -objeto de civilización- deberá estar identificada con los valores establecidos desde la contemporaneidad.

A partir del impresionismo se produce la ruptura con el espacio tridimensional aceptada desde el Renacimiento. Nace un nuevo pensamiento plástico. Liberado de la representación, del tema, el artista crea según sus necesidades y emociones.

La imagen respeta la superficie bidimensional y la obra se concibe como una construcción plástica autónoma, con sus propias leyes.

De modo tal que si queremos ser justos debemos primero partir desde un reconocimiento: el arte del siglo XX fue un salto hacia una mayor libertad del hombre. Así es que, no podemos negar el legado del siglo en tanto seamos hombres que vivimos y trabajamos en ésta época.

Sin embargo, no puedo dejar de pensar con Ortega y Gasset: aquello que por ser hombre de mi tiempo acepto sus normas, pero no estoy obligado a aceptar sus enormidades.

 

Y nuestro tiempo, en particular en las últimas décadas, puso al descubierto enormidades de las cuales no podemos desentendernos sin dejar de ser culpables por acción u omisión.
Una de ellas, acaso aquella que nos involucra directamente, la cultura y sus manifestaciones, ha dejado de ser un producto de la integración directa de los seres humanos, para ser una elaboración de profesionales, hábiles operadores que responden a intereses de grupo o mercado.

En la sociedad actual un grupo de “especialistas” manipuladores o formadores de “opinión” tiene la cualidad y el poder de generar gustos, modas y consumo hasta el límite de transformar la cultura en un mero sistema de producción de necesidades.

Vivimos en una cultura dirigida que borra diferencias y da origen a hábitos iguales.

Todos estos factores permiten visualizar el medio en el cual debemos realizar nuestra actividad. Las presiones, los factores de éxito, las frustraciones y las marginaciones.

 

También como se gestan las necesidades, las modas, “algunas forzadas aceptaciones” y elogios extemporáneos o brillos “estatuídos”.

Y esta situación emergente también alcanzó obviamente a nuestro medio dando lugar a la aparición de supuestos expertos que se encargan de dar origen a la renovación permanente de expectativas y productos sin importarles mucho que estos valores se apoyen o no en el lenguaje plástico.

En definitiva se puede observar que hacia fines del siglo se han desarrollado problemas, condiciones y efectos que son motivo, al menos de mi preocupación:

 

Cada uno de ellos merece particular atención pero me extenderé sobre este último aspecto. En tal sentido, insisto en aquello que en otras ocasiones escribí.

 

Pensar en el hombre aislado carece de sentido. El hombre es, en tanto está en cada momento de su vida relacionándose, comunicándose con el medio en que está inmerso.

Así el punto de partida es el hombre en sociedad o dicho de otra forma, el hombre en relación con el espacio que habita, con los hombres de esa comunidad, en relación consigo mismo y con otros pueblos.

De este modo, a través de sus experiencias colectivas e históricas, los grupos humanos van gestando maneras propias de resolver estas relaciones.

Así se da origen a una forma integral de vida creada social e históricamente por una sociedad.

 

Comprendida desde esta perspectiva la cultura aparece como el medio creado por el hombre para entablar con voz propia, su diálogo con la humanidad. Es el medio através del cual el grupo humano se macomuna e identifica en vase a sentimientos, valores, conocimientos y experiencias, fijando horizontes simbólicos comunes y estrategias de vida compartidas.

Vale decir que, la cultura es el resultado de un proceso histórico y social que lleva a cabo una población determinada; razón por lo cual cada pueblo elabora su propia cultura que es la única respuesta posible para él (entre otras igualmente legítimas para otros pueblos).

En la Argentina éste es un problema no totalmente resuelto y que nos acompaña a lo largo de la vida misma del país.

 

Una clase dirigente estructuró la justificación de una política a través de mitos y mecanismos idelógicos organizados desde un sistema pedagógico y cultural. Proyecto prácticas socioculturales a través de las cuales logró homogeneizar los gustos y necesidades. Es lo que se denomina la cultura dominante. Buenos Aires y dentro de ella, las cuarenta manzanas del centro, manipularon un pensamiento cultural que con el correr de los años sería el marco de referencia para todo el país.

Aceptamos ese modelo y lo hicimos nuestro.

Este es nuestro mayor equivoco. En lugar de evolucionar desde la naturaleza, la sustituimos por otra.

 

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Kusch decía: América se encuentra dividida entre la verdad de su naturaleza y la verdad de ficción de las ciudades. Y esa ficción ignora al inconsciente americano y desarrolla una historia oficial que nos hace creer que la ciudad es la nación.

Todos nosotros somos hombres que hacemos cultura desde la ciudad, precisamente desde el lugar donde América es negada y donde el éxito es posible en tanto concuerde nuestra creación con los modelos internacionales aceptados.

Acaso por estas razones -entre otras- no podemos sentir la pertenencia hacia algo que sea común a todos nosotros, porque hemos aprendido a ser a través de cómo nos vieron.

En buena medida somos como nos pensaron.

Identificarnos con el lugar en que se vive, se proyecta y se sueña, requiere de nosotros el esfuerzo de observar tres aspectos: sentirse, conocerse y querer ser.

De hecho involucra la intención de pensar y de pensarnos. Y también de no quedarse sólo en el campo de la teorética, sino realizar activamente una praxis como habitante de este continente.

 

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El arte como la filosofía y la ciencia contribuyen a la cultura por su incitación a recorrer un camino “hacia adentro”, hacia sí mismo, que de hecho deben realizar aquellos que los cultivan.

El artista debe hacerlo más allá de los gustos, maneras o modas, mostrando que la originalidad, como afirmaba Max Raphael “No es el impulso de ser diferente de los demás, ni a producir lo totalmente nuevo, es asir el origen, las raíces, tanto nuestras como de las cosas”.

Si bien hay una realidad de todos los días que nos rodea, nos acosa, nos limita y condiciona, hay otras realidades no visibles, que precisamente por esa cotidianeidad a veces no vemos: los secretos mandatos de la tierra, de nuestra naturaleza.

Una mirada preocupada desde aquí y nosotros, y para percibir el Río de La Plata con su color de melena de león, la inmensidad de nuestro territorio, sus ocres y grises, la horizontalidad de la llanura que habitamos y la necesidad intuitiva de oponerle para compensar sucesivas verticales.

En cada una de estas cosas se encuentra encerrada la poética del lugar en que transcurre nuestra vida.


En este sentido, mi pintura deberá entenderse y ser ubicada dentro de estos límites. Me siento parte de una familia plástica que trabaja más allá de los límites de la realidad cotidiana. Y lo hace privilegiando el gesto, el símbolo y la abstracción. Los puedo nombrar: Klee, Tamayo, Bissier, Tápies, Torres García, Lam, Gambartes.... y no se deben extrañar por las diferencias, y en cambio, advertir aquello que a todos ellos los une: el tono, la organización de un buen diseño y el ser continuadores de una tradición plástica.

Y como persona, afirmo mi deseo de seguir siendo fiel a mis ideales y mi respeto a la convicción de que ética y estética deben permanecer estrechamente unidas.

También la certeza, de que la acción y la creación deben contribuir al plan de evolución y desarrollo humano. De allí que el concepto de unidad, de orden, estará siempre presente en mis trabajos.